El sol aún no terminaba de asomarse sobre la inmensa montaña, pero en el pequeño apartamento de Ángela, la mañana ya había explotado en una orquesta de ruidos familiares.El primero fue el de la alarma, un pitido que Ángela ignoró durante varios segundos, hasta que Thiago, su pequeño huracán de tres años, decidió que su nariz era el lugar perfecto para un aterrizaje de emergencia con su osito de peluche, el "Capitán Barrigón".—¡Mami! ¡Despierta! —exclamó el niño entre risas mientras agitaba el peluche frente a su rostro—. Mira, el sol ya casi sale.Ángela abrió los ojos lentamente y se encontró con la enorme sonrisa de su hijo.—¿Ah, sí? ¿Y quién te dio permiso para levantarte tan temprano? —preguntó fingiendo severidad.Thiago soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.—El sol me llamó.—¿El sol te llamó? —enarco una ceja a la espera de la respuesta del pequeño.—Sí. Me dijo que hoy sería un día muy importante y especial.Ángela sonrió y le revolvió el cabello con ternura
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