Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras las lágrimas, calientes y amargas, nublaban su visión.
Marianne. El nombre era una oración y una herida al mismo tiempo.
Volver a verla, sentir su aroma, y lo más importante: conocer a sus hijos. El pensamiento de los pequeños que compartían su sangre le provocó un vuelco en el pecho que casi le impide respirar.
“No merezco esto, Dios, sé que no lo merezco”, pensó, cayendo de rodillas sobre la alfombra raída de su apartamento.
“Fui un cobarde. No soy