CRUELLAQueen Sheila finalmente me había empujado más allá del punto de la misericordia.Los guardias cargaron contra mí desde todas las direcciones, sus armas encantadas, sus rostros retorcidos entre el miedo y el deber. Levanté la mano, la palma hacia afuera, y el tiempo titubeó.El aire se espesó. Sus movimientos se ralentizaron como si el propio mundo dudara en tocarme sin permiso. Avancé a través del caos congelado, mis pies descalzos dejando escarcha abrasada sobre el suelo—una contradicción que solo yo podía crear.—Te advertí —dije con calma, mi voz resonando con capas de poder—. Te dije que no me arrodillaría.Cerré el puño.Las sombras obedecieron primero—chasquearon como cadenas alrededor de los guardias, arrastrándolos al suelo, inmovilizándolos sin matarlos. El fuego siguió, preciso y quirúrgico, quemando las armas de sus manos, derritiendo armaduras, arrancando gritos pero no vidas.No había venido a masacrar.Había venido a terminar con ella.Queen Sheila retrocedió len
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