El aire acondicionado de la sala de juntas del Centro de Investigaciones Miller zumbaba con una monotonía quirúrgica, pero no lograba enfriar la tensión que emanaba de los doce hombres sentados a la mesa de caoba. Para ellos, yo era una anomalía. Me miraban con una mezcla de desconcierto y un desdén mal disimulado; en sus mentes, yo seguía siendo la "pobre Alice", la artista frágil de alma quebradiza que se había desmoronado bajo el escándalo en Boston.A mi lado, mi padre, David, permanecía como una torre de apoyo inamovible, su sola presencia validando mi derecho a estar allí. En los extremos de la sala, Liam y Samuel flanqueaban la entrada como centinelas de un nuevo orden, transformando lo que debería haber sido una reunión corporativa en una ocupación táctica.Marcus Thorne, el Director General que había tomado las riendas tras la muerte de mi madre y que se había atrincherado en su puesto como un parásito alimentándose de un legado ajeno, soltó una risa seca. Se reclinó en su si
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