La oficina, que antes se sentía como mi santuario de poder, de repente se volvió pequeña, asfixiante. Liam,al ver mis manos temblorosas tomo el sobre , con asombro su mirada alternaba entre el hombre que acababa de irrumpir en nuestras vidas y los papeles que estaba leyendo.—¿Phillip? —susurró Liam, dando un paso adelante. Su voz tenía un matiz de reconocimiento profesional que me erizó la piel—. ¿El Doctor Phillip Vance? ¿El jefe de virología de la Universidad de Ginebra?El hombre asintió con una elegancia cansada. Phillip Vance no era un desconocido; era una leyenda en el mundo científico, un hombre cuyos estudios sobre patógenos emergentes habían sentado las bases de la inmunología moderna. Pero para mí, en ese momento, no era una eminencia. Era el portador de una verdad que amenazaba con reducir a cenizas los cimientos de mi memoria.—Alice —dijo Phillip, y su voz tenía una cadencia que, por alguna razón inexplicable, me resultaba familiar, como una melodía que has olvidado per
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