El silencio de la clínica Mont-Blanc durante la noche no es el mismo silencio aterrador de mis primeras semanas. Ya no está cargado de fantasmas ni del eco de gritos ahogados por la sedación. Ahora es un silencio productivo, una calma que huele a pino helado y a papel recién impreso.
Llevaba un mes instalada en una rutina que me había devuelto la sensación de tener manos y pies, de tener una voluntad. Bajo la tutela de Liam, había empezado a colaborar en pequeñas tareas administrativas y de inv