Alexandra fue la primera en despertarse. La luz de la mañana se filtraba por los ventanales y bañaba el apartamento con un tono dorado que lo hacía ver aún más imponente. Caminó descalza por el lugar, observándolo con calma: los cuadros sobrios, los libros perfectamente acomodados, el orden casi meticuloso que contrastaba tanto con la vida caótica del circo.Pero nada la cautivó tanto como la vista. La ciudad extendiéndose frente a ella, viva incluso a esa hora temprana, le dio una sensación extraña de pertenencia… como si por un momento ese lugar también pudiera ser suyo.Se dirigió a la cocina y abrió la nevera. Estaba llena de comida, todo perfectamente organizado y, por lo que parecía, recién comprado. Aquello la hizo sonreír sin darse cuenta. Gabriel no era tan descuidado como pretendía.Sacó huevos, pan, mantequilla, algo de fruta y puso agua a calentar para el café. Se movía con naturalidad, como si hubiera hecho eso mil veces, aunque en el fondo sabía que era una escena que no
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