AndrewCuando por fin vuelvo a casa, esta estaba demasiado quieta para ser normal.Ese tipo de quietud falsa que no es paz, sino abandono. Como si todo estuviera suspendido esperando el golpe final.Apenas crucé la puerta, lo escuché.El llanto.Agudo. Desgarrado. Desesperado.Mi hijo.El sonido venía del salón y me recorrió la espalda como una descarga. Caminé rápido, con el corazón martillándome el pecho, y entonces la vi.Hellen estaba tirada en el sofá, de lado, con el cabello desordenado y el maquillaje corrido. En el suelo había una copa volcada, un charco de vino secándose lentamente. Dormía. Profundamente. Inconsciente.El bebé lloraba en su moisés, rojo, con el rostro empapado, los puños cerrados con fuerza.—Maldición… —susurré.Lo tomé en brazos sin pensarlo. Su cuerpo estaba tenso, rígido, como si hubiera llorado demasiado tiempo. Me apreté contra él, sintiendo ese peso pequeño que nunca deja de asustarme.—Shh… papá está aquí… —le dije, balanceándome—. Ya pasó… ya pasó…
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