El trayecto hacia el edificio principal de la joyería fue un despliegue de poder silencioso. Dos vehículos negros escoltaban el coche de John, una medida que él consideraba necesaria no por miedo a Thomas, sino por el respeto que le debía a la seguridad de Danna. Ella, sentada en el asiento trasero, entrelazaba sus dedos con fuerza, sintiendo el relieve del botón de pánico en su bolsillo.Al llegar, el vestíbulo de la joyería —un templo de mármol y cristales blindados— estaba inusualmente vacío. John había dado el día libre al personal administrativo, dejando solo a su equipo de seguridad de élite.—Están arriba —dijo Marco, el jefe de seguridad de John, acercándose al ascensor—. Thomas llegó hace diez minutos. Cecilia está con él. Está... fuera de sí, señor.John no respondió. Simplemente puso una mano en la base de la espalda de Danna y la guió hacia el ascensor. El ascenso fue rápido, marcado solo por el latido acelerado del corazón de ella. Cuando las puertas se abrieron en el últ
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