CAPÍTULO 218 — El comienzo Mía había ido a desayunar con sus abuelos, Isabel y Fabián, a la mansión Castell. La mesa estaba servida con la pulcritud de siempre: el café humeaba, el aroma de las tostadas se mezclaba con el de una torta que la abuela había ordenado especialmente. La luz de la mañana entraba por el ventanal, iluminando la escena como cualquier otro día... pero el aire pesaba distinto. Había despedida en el ambiente, y el silencio de los cubiertos contra la loza era el único testigo de lo que nadie quería decir. Fabián, con las manos nudosas apoyadas firmemente sobre su bastón, fue directo. Sin rodeos. Él no creía en las verdades a medias. —No tensés tanto la cuerda, Mía… porque se puede romper, y hay hilos que, una vez que crujen, no tienen nudo que repare el daño. El silencio volvió a caer sobre la mesa, denso. Mía bajó la mirada hacia su taza, evitando el juicio en los ojos de su abuelo. —Ese hombre te ama —continuó él, con esa voz que daba la autoridad de los
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