CAPÍTULO — El día que eligieron quedarse El aire estaba cargado de algo que no se podía nombrar con facilidad. No era solo emoción ni felicidad. Era la certeza. La certeza de que todo lo que habían pasado —lo bueno, lo malo, lo que dolió y lo que casi los rompe— los había traído exactamente a ese momento. La iglesia estaba en silencio cuando comenzaron a llegar los primeros invitados, un silencio expectante, profundo, como si hasta las paredes mismas supieran que iban a presenciar algo más que una ceremonia, algo que venía a cerrar una historia y a abrir otra completamente distinta. Adelante, en el altar, ya estaban ellos como los padrinos de la novia, una decisión que Mía había tomado mucho antes, en un día aparentemente simple que terminó marcándolo todo. Recordó con claridad ese instante: el cielo cubriéndose de nubes, la lluvia insinuándose, y su abuelo Fabián esperándola en el portón, firme, sin importar el peso de los años. —Abuelo, ya entrábamos… apenas está chis
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