CAPÍTULO 208 — Lo que no se puede curarLos días después del acuerdo con Mía habían tomado un ritmo extraño.No eran días de felicidad absoluta, pero tampoco eran tan oscuros como los anteriores.Cristian iba a la casa de los Castell, veía a Luz, la cargaba, la hacía dormir, se dejaba enseñar las rutinas de la bebé sin discutir, y luego salía con la sensación amarga de estar construyendo algo hermoso sobre las ruinas de todo lo que había roto.Mía seguía igual de cauta. Y aunque no lo echaba, tampoco le permitía dar algún otro paso como el que tuvo el día que la besó.No le daba falsas esperanzas.Pero tampoco lo apartaba de su hija, ni de ella. Era algo difícil de explicar.Una tarde le preguntó sin previo aviso:—¿Te quedás a merendar?Cristian, distraído, respondió rápido:—No.Y fue lo peor que pudo hacer.Mía se quedó quieta un segundo. Después agarró una bandejita con un trozo de lemon pie y lo dejó con un pequeño golpe seco sobre la mesa.—Qué pena —dijo ella, intentando sonar
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