Andrew cerró la maleta con un sonido en seco que resonó en la habitación como una sentencia. El cuarto que había ocupado durante años en la mansión Kayser jamás le perteneció del todo.Las paredes eran impersonales, los muebles elegidos más por funcionalidad que por afecto. Nada allí hablaba de él, salvo una pequeña caja escondida al fondo del armario, donde guardaba documentos, recortes, anotaciones dispersas que había ido reuniendo en silencio: fragmentos de una identidad que nadie quiso explicarle.—Una semana… —repitió, esta vez con más firmeza. No era una amenaza. Era una cuenta regresiva.Durante los días siguientes, Andrew se movió como una sombra disciplinada entre la petrolera y la mansión. Cumplía con sus funciones, respondía correos, asistía a reuniones, pero su mente estaba lejos de todo eso.Cada palabra de los Kayser, cada gesto, cada silencio cargado de desprecio reforzaba la misma certeza: nunca fue un hijo, nunca fue familia. Fue un proyecto. Una inversión a largo pla
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