—El teléfono no para de sonar, señor, no sé qué decir —comentó la secretaria de Alekos con expresión nerviosa, mientras sujetaba el auricular.—Responde que el señor Ravelli no hará declaraciones, no dará entrevistas —ordenó él, cortante. Colgó la llamada y, con el ceño fruncido, marcó otro nnúmero.Helena pagaría por eso. Llamó directo al banco. En la Villa Ravelli, Dakota esperaba el desayuno en el comedor, hojeando distraída una revista. En ese momento, Helena apareció luciendo un traje de baño y con un rostro que dejaba claro que no había dormido en toda la noche. —Buen día… ¿No es muy temprano para nadar? —preguntó Dakota, levantando una ceja. —Depende —respondió Helena, sirviéndose café—. Todavía no me acosté… pero no pienso dejar que papá lo sepa. —¿Estuviste con Elliot? ¿Dónde está? —preguntó Dakota, inclinándose hacia adelante. —Sí y no. Va camino al aeropuerto. —Cuéntame —pidió Dakota. —Después de que recibimos tu nota, vinimos para acá y caminamos por la playa. —¿Dor
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