La sala de juntas de Torre Santibáñez había sido rediseñada durante la noche. Las sillas tapizadas en cuero italiano formaban ahora un semicírculo frente a la mesa presidencial, disposición que recordaba más a un tribunal que a una reunión corporativa. Victoria atravesó las puertas dobles a las 8:52 de la mañana, ocho minutos antes de la hora convocada, calculando que la puntualidad proyectaría control incluso cuando todo lo demás amenazaba con desmoronarse.Cuarenta y siete accionistas ocupaban sus asientos con esa quietud tensa que precede a las ejecuciones civilizadas. Reconoció rostros familiares del directorio: empresarios regiomontanos cuyas fortunas se habían construido sobre alianzas que duraban generaciones, inversionistas internacionales para quienes la lealtad era un concepto tan abstracto como la ética, fondos de capital privado representados por abogados cuyas
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