El amanecer del primer día llegó con esa luz pálida que se filtraba entre las cortinas, proyectando sombras suaves sobre la habitación de los gemelos. Victoria llevaba despierta desde las cuatro de la mañana, incapaz de desperdiciar un solo segundo de sueño cuando cada minuto se había vuelto tan precioso. Estaba sentada en el suelo entre las dos cunas, observando el ritmo pausado de sus respiraciones, memorizando cada detalle como si pudiera grabar sus rostros en lo más profundo de su memoria.Mateo fue el primero en despertar, sus ojos oscuros parpadeando contra la luz mientras emitía ese sonido particular que precedía al llanto matutino. Victoria se levantó de inmediato, levantándolo con esa ternura que había perfeccionado durante siete meses de maternidad intensiva.—Buenos días, mi amor —susurró contra su cabello fino, aspirando ese aroma únic
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