La mañana llegó sin pedir permiso, filtrándose por los ventanales de la mansión con una luz suave que contrastaba con la densidad que se respiraba dentro. Aria despertó primero. Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando la respiración de Victtorio a su lado, pero algo no encajaba. No era la calma habitual después de una noche intensa, era otra cosa, una quietud peligrosa, como la calma previa a una ejecución. Se incorporó apenas, apoyándose en un codo, y lo observó. Victtorio estaba despierto, mirando al techo, los ojos abiertos, fríos, demasiado atentos. No la abrazaba, no la buscaba, no parecía perdido en ella como otras veces. Estaba pensando, calculando. —¿No dormiste? —preguntó Aria con voz suave, rompiendo el silencio. Él giró apenas el rostro hacia ella, lo justo para verla. —Lo suficiente —respondió sin mentir del todo. Aria frunció ligeramente el ceño. Se acercó más, apoyando la cabeza en su pecho, pero incluso así sintió que él estaba lejos, como si su mente
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