AURA.El aire frío de la noche me golpea los pulmones, pero no logra limpiar la sensación de suciedad que llevo por dentro. Me aferro al capó del coche, con los dedos enterrados en el metal, mientras el sabor del agua y el eco del vómito todavía me amargan la lengua.Siento los pasos de Christopher sobre la grava. No son pasos de duda; son lentos, rítmicos, la marcha de un hombre que sabe que acaba de ganar una guerra. Se detiene justo detrás de mí. Su presencia es un muro de calor que me rodea, y aunque debería alejarme de él, me quedo ahí, temblando, suspendida en mi propia doble moral.—Se lo merece —repito en un susurro, más para convencerme a mí misma que para decírselo a él.En ese momento, Christopher me obliga a girar. Sus manos no son suaves ahora. Me toma del cuello con una firmeza que me corta el aliento, pero no me hace daño; es una presión posesiva, dominante, que me obliga a clavar mis ojos en los suyos. Siento su pulgar presionando mi mandíbula, obligándome a mantener l
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