Al día siguiente, mamá y yo fuimos a la Mansión Castellanos para hablar con la abuela Margarita — la matriarca de la familia, la única que siempre me trató con cariño, incluso cuando Leo me olvidaba durante meses.La mansión estaba en el centro de un jardín gigante, con rosales de todos los colores y un camino de piedra que llevaba hasta la entrada. Cuando entramos, la abuela Margarita estaba sentada en el salón, cosiendo un pañuelo de encaje.—Luna, mi amor! —dijo, levantándose para abrazarme. —He oído la noticia. Te casas con Damian.Vi cómo sus ojos brillaban — no de sorpresa, sino de algo que parecía esperanza.—Sí, abuela —respondí. —Leo cambió el informe, y yo decidí quedarme con ese nombre.La abuela Margarita se sentó de nuevo y me tomó la mano.—Leo es un niño terco —dijo, con un suspiro. —Pero Damian... es mi hijo más querido. Desde que tuvo el accidente en Piedra Negra, no ha querido casarse con nadie. Dice que no puede darle a nadie una vida normal. Pero yo sé que tiene un
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