Después del enfrentamiento en el salón, Ana llevó a Lila a una habitación pequeña en el ala trasera de la mansión —un espacio olvidado, con paredes descascaradas, un suelo de madera gastado y una ventana que daba al jardín. La luz del atardecer filtraba entre las barras, iluminando el polvo en el aire. —No te preocupes —dijo Ana, colocando una manta gruesa en la cama de hierro—. Aquí estarás a salvo de sus miradas. Alejandro pasa por el ala principal, nunca viene por aquí.Lila miró al jardín: había rosales marchitos, manzanillos y romero, pero ninguna de las raras hierbas que ella conocía. Mientras organizaba sus pertenencias —su cuchillo de abuelo, los frascos de humo medicinal y la flor morada que Elián le había dado—, escuchó pasos firmes en el pasillo. Era Valeria, vestida con un vestido de seda rosa que brillaba bajo las luces, con una sonrisa maliciosa en los labios. —¿Así es la famosa curandera? —dijo, entrando sin permiso y cerrando la puerta con un portazo—. Pensé que era má
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