—No tienes por qué ser tímida, amor —bromeó Gabriel con una risita baja, disfrutando a todas luces de su reacción. Su voz tenía esa calidez profunda que siempre le revolvía el estómago a Isla.Ella desvió la mirada un momento y luego sonrió. Se veía tímida, pero también rebosaba emoción. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de él, algo en su interior se ablandó. Por un breve segundo, lo olvidó todo: las discusiones con Wyatt, las dudas silenciosas que había entre ellos. Lo único que podía sentir era la paz de estar sentada allí con él, lo segura que la hacía sentir su presencia.Gabriel notó su silencio e inclinó la cabeza. —Te perdiste otra vez —dijo en voz baja, con un tono aún más suave que antes. Se inclinó un poco más hacia ella, con sus ojos verdes curiosos y preocupados—. Dime, en serio, ¿en qué estás pensando?Isla entreabrió los labios para responder, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hablar. El jefe de camareros entró con una sonrisa amable, empujando
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