Peter no pidió permiso; solo siguió lo que su corazón le ordenaba. Sin vacilar, atrajo a Sofie hacia él, rodeó su cintura con firmeza y la besó.Los presentes en el pasillo soltaron exclamaciones de asombro. Nadie se lo esperaba. Incluso Alfred, que aún sostenía la mano de Isla, se vio sorprendido por un instante. Luego, su expresión se suavizó hasta volverse indescifrable. Sacudió la cabeza y suspiró. “Estos jóvenes”, pensó, “nunca saben cómo ocultar sus sentimientos”.Alfred conocía muy bien a Peter. También conoció a su difunto abuelo, uno de sus amigos más cercanos antes de que falleciera. Por eso, si Peter besaba a una mujer en público, significaba una sola cosa: el muchacho sentía algo muy fuerte por ella.Isla abrió los ojos de par en par, incrédula. “¿Qué rayos le pasa a Peter hoy?”, pensó. “¿Y por qué con Sofie?” Quiso acercarse para separarlos, pero se obligó a mantener la calma. Esta no era su batalla y ya tenía suficientes problemas propios de los que ocuparse.Sofie estab
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