Cuando los últimos espasmos por fin se calmaron, él se incorporó despacio y fue besándole el cuerpo mientras subía de nuevo por la cara interna de los muslos, las caderas, el vientre y los pechos. Tenía los labios húmedos y la miraba con una mezcla de satisfacción y deseo descontrolado. Mercy lo atrajo para besarlo, saboreó su propio sabor en la boca de él y gimió contra sus labios.—Tú… eso fue… —jadeó, incapaz de hablar.Él sonrió contra sus labios, oscuro y posesivo.—Apenas es el comienzo, Mercy. Me encanta verte acabar… sentirte deshacerte por mí. Pero ahora… necesito estar dentro de ti.Se quitó el pantalón y los bóxers, y su erección quedó libre, larga, gruesa y lista. Mercy se quedó mirando y se relamió los labios.Se acomodó entre sus piernas, con ella de espaldas sobre la mesa y las piernas todavía temblorosas. Se tomó el pene con la mano, grueso, duro, con la punta brillante, y lo frotó despacio contra su entrada, empapándolo con su humedad.—¿Sientes lo duro que me pones? —
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