La habitación estaba en silencio. No era el silencio cómodo de la paz, sino ese que deja algo sin decir entre dos personas que acaban de herirse sin querer.
Aurelian estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la cabecera tapizada. Tenía una pierna estirada bajo el edredón oscuro y la otra doblada. Sostenía una tableta, y el resplandor frío de la pantalla apenas se le reflejaba en la cara.
Mantenía los ojos fijos en la pantalla. El documento abierto en la tableta no había cambiado e