El resplandor del fuego en la chimenea de piedra se refleja en las facetas del rubí, creando destellos carmesíes que bailan sobre mi piel. Estoy sentada entre las piernas de Lucien, apoyando mi espalda contra su pecho firme mientras una manta de lana suave nos cubre a ambos, protegiéndonos de la brisa del jardín. En una mano sostengo una copa de champaña, cuyas burbujas cosquillean en mi garganta, pero nada es tan efervescente como la sensación de su brazo rodeando mi cintura, reclamándome.—Sabes que a Arthur le va a dar algo cuando vea esto, ¿verdad? —susurró, levantando mi mano para que el anillo capte la luz una vez más.Lucien deja escapar una risa baja que vibra contra mi espalda, un sonido que siempre logra erizarme el vello de la nuca.—No me importa, Mílaya —responde con su voz impregnada de una seguridad absoluta—. Si esto es lo que tú y yo queremos, no importa nada más. Ni tu abuelo, ni las reglas de las familias, ni el pasado. Solo importa nuestro compromiso el uno con el
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