Capítulo 16. El error de cálculo.
El beso no terminó; se rompió. O, mejor dicho, Silas lo rompió con tres palabras.Estaban jadeando, con las frentes unidas, envueltos en la burbuja de calor que habían creado en medio del viento helado del mirador. Los labios de Eris estaban hinchados, rojos y palpitantes. Su cuerpo, traicionero y vivo, seguía vibrando contra el pecho duro de Silas, sintiendo cada latido acelerado del corazón de él como si fuera el suyo propio.Por un minuto glorioso, Eris se había permitido olvidar. Había olvidado que él era Silas Hawk, el millonario paranoico que veía conspiraciones en los cereales del desayuno. Había olvidado que ella era la niñera pobre con un vestido regalado. En ese precipicio, solo había sido una mujer deseada por un hombre que parecía querer devorarla.Silas, con los ojos cerrados y las manos aún aferradas a la cintura de ella como si temiera que el viento se la llevara, soltó un suspiro ronco, triunfal. Deslizó una mano desde la cadera de Eris hasta su nuca, enredando los
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