La soledad me pesaba como una piedra invisible. Me sentía culpable, exigente, como si haber querido más de Joel me hiciera responsable de todo. Joder, Joel.—No es tu culpa —susurró Kiko con voz suave, acompasando sus palabras al ritmo de mi llanto—. Él es un idiota. Un niño mimado que no estudia porque según él “no sirve para nada estudiar”, no trabaja porque el esfuerzo le pesa, y vive a costilla de su madre. Era obvio que iban a chocar. Tú mereces algo mejor, Emi. No te rebajes a llorar por esa basura…—No lo entiendes, Kiko… él ha pasado por tanto… y yo…Y entonces lo vi, su mueca de preocupación. Sus oscuros ojos titilando con una furia que no era por mí… sino por verme así. Esa rabia contenida…Su mandíbula apretada. Sus brazos firmes, buscándome, ofreciéndome refugio. Su silencio, tan lleno de palabras que no se atrevía a decir.Me incliné y lo besé.Tal vez fue el alcohol. O tal vez fue nuestra cercanía, quizás todo lo que callamos en nuestro interior.Al principio nos sorpren
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