GustavoEl desayuno ya estaba servido en la mesa, pero cada segundo parecía arrastrarse. Mis ojos estaban fijos en la entrada del comedor, esperándola. Cuando Lívia finalmente apareció, casi me quedé sin aliento. Su cabello largo, todavía húmedo, caía pesado sobre los hombros, brillando bajo la luz de la mañana. El vestido verde, corto y de tirantes finos, dejaba su piel fresca al descubierto. Sin maquillaje, estaba aún más bonita, inocente, natural.No dijo nada. Solo caminó hasta la silla y se sentó en silencio, como si midiera cada gesto. No pude apartar la mirada. Tomé la jarra, llené un vaso con jugo de naranja y lo deslicé hacia ella.—Bebe. Te va a hacer bien.Arqueó la ceja, desconfiada.—Es solo jugo, nada más.Dio un sorbo y enseguida se quejó:—Me duele la cabeza.—Si no hubieras bebido tanto anoche, no te dolería —solté, sin filtro.—Ya tardabas en soltar otra de tus groserías.Crucé los brazos, manteniendo el tono firme.—Solo no me provoques.Lívia me lanzó una mirada bu
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