Gustavo
Los portones de la mansión se abrieron. Apenas hice un gesto con la cabeza al equipo de seguridad y entré en el jardín silencioso de la casa. Estacioné el auto frente a la gran puerta principal y miré de reojo. Lívia estaba recostada en el asiento, envuelta en mi chaqueta, refunfuñando como una niña de mal humor.
—Vamos, baja —le dije, abriendo la puerta para ayudarla.
Se apoyó en mí, tambaleándose, y entre un tropiezo y otro susurró, riendo:
—Tú… hueles muy rico.
Suspiré hondo, sujetan