Alexandre
Jaqueline apareció frente a mí como si hubiera salido de un sueño. El vestido largo, de tela ligera y estampados suaves, se movía junto a su cuerpo a cada paso. El moño sencillo dejaba su cuello al descubierto, y el maquillaje realzaba el brillo natural de su rostro.
Me acerqué sin pensarlo dos veces.
—Estás preciosa…
Besé su delicado cuello con calma, sintiendo su perfume mezclarse con el aire de la noche. Ella sonrió mientras me observaba.
—Tú también estás guapísimo, mi amor —dijo