Gustavo
Lívia levantó el brazo, riéndose de algún chiste, y el maldito aprovechó para acercarse todavía más, como si tuviera derecho. Apreté el vaso con tanta fuerza que sentí cómo crujía.
Lo peor no era solo verlos juntos. Lo peor era verla cómoda, a gusto con él.
Un calor me subió por la garganta, rabia y alcohol mezclados. Podía bajar, arrancarle esa sonrisa de la cara a Fagner y sacar a Lívia de ahí. Pero mis piernas se quedaron clavadas.
Me quedé sentado, observando como un animal enjaul