Gustavo
La curiosidad dentro de mí gritaba y mi corazón se aceleró en el pecho.
—¿Qué secreto? —pregunté, casi en un susurro cargado de ansiedad.
Lívia sonrió con los ojos entrecerrados y dejó escapar:
—Nunca he estado con un hombre.
Me aparté un poco, abriendo los ojos con sorpresa.
—¿Cómo así? —la incredulidad se coló en mi voz.
Ella soltó una risa bajita, aún aferrada a mi camisa.
—Eres maleducado, Gustavo… pero no eres tonto.
Y con un brillo casi inocente en la mirada, añadió, haciendo que