GustavoCaminé por el pasillo; el silencio de la mansión solo hacía más fuerte el sonido de mis propios pasos. Me detuve frente a la puerta del cuarto de Livia e intenté abrir, pero estaba con llave. Golpeé con firmeza hasta oír su voz, medio desconfiada:—¿Quién es?No respondí. Me quedé ahí, esperando. Cuando la manija giró despacio, metí la pierna en la abertura y forcé la entrada. Entré sin pedir permiso, como siempre, y fui recibido por su mirada furiosa.—¿Qué quieres, Gustavo? —preguntó, retrocediendo unos pasos.Entonces mis ojos recorrieron la camisón de algodón delicado, rosa, que moldeaba su cuerpo. Un escalofrío me recorrió la piel.—El rosa te queda bien… —dije en voz baja, casi como un gruñido—. Tan pura.Ella levantó los brazos, cruzándolos sobre el pecho, en un intento de protegerse.—¿De qué estás hablando? Estoy cansada. Quiero dormir.Sonreí, dejando que la provocación se escapara en el tono. Me pasé la mano por el pecho, recordando que estaba sin camiseta.—Por lo
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