El domingo amaneció soleado, tiñendo el cielo de un azul cristalino. La casa de los Walker, iluminada por los primeros rayos de sol, rebosaba alegría y expectación. Elizabeth, radiante, vestía un elegante vestido blanco, bordado con delicados encajes en el cuello y las mangas. Su vientre, aún discreto, comenzaba a revelar los signos de una nueva gestación, aportando al hogar un brillo especial.En la sala, John, impecable con un traje gris claro, ayudaba a Antony a ajustarse la corbata de moño azul marino. El niño se mantenía firme, tratando de no moverse, pero una sonrisa pícara se le escapaba cada vez que su padre fruncía el ceño fingiendo concentración.Mientras tanto, Mary daba vueltas alegremente con su vestidito blanco, bordado con pequeñas flores. Su cabello suelto ganaba un encanto especial con la diadema de lazos blancos que coronaba su cabecita, y allá donde ella iba, los perritos la seguían.—Papá, ¿estoy guapa? —preguntó ella, sujetando la falda del vestido y girando, haci
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