Amanda levantó el rostro, aún con el pecho apretado, y se encontró con los ojos de Daniel. Esa mirada avellana que normalmente parecía diseñada para no sentir nada, ahora traía algo parecido a… pesadumbre. O tal vez era solo otra forma de control, otra máscara distinta para el mismo teatro. La mano seguía en su brazo. Amanda bajó la vista a ese contacto, a los dedos firmes que la detenían justo cuando estaba a un paso de cruzar la puerta principal, y Daniel la soltó de inmediato, como si el simple roce también le hubiera quemado. ¿Ahora qué quería? ¿Iba a rematarla también, a llamarla interesada, arribista, oportunista, como si Raquel no hubiera hecho suficiente daño ya? Si lo hacía, Amanda no iba a pensar dos veces en estamparle la mano en la mejilla. No estaba de humor para tener que soportarlo a él también.
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