El apartamento de Adrián, bañado en la suave luz nocturna de Central City, se sentía como un oasis de cristal. El silencio después de la ducha era una bendición. Me dirigí a la cocina. Adrián estaba de espaldas, con un delantal de lino puesto sobre su camisa de cashmere, concentrado en la sartén. El aroma que flotaba en el aire era reconfortante y delicioso, algo con base de hierbas y mantequilla.—Huele increíble, Adrián —dije, acercándome a él.—Estoy intentando crear un orden en la cocina —dijo Adrián, sin dejar de revolver la sartén—. Necesito tu ayuda, cuatro ojos. ¿Qué orden sugieres para emplatar esto?Me acerqué, riendo. Me explicó el plato: una pasta simple con verduras salteadas. Era comida casera, real, un contraste absoluto con la nouvelle cuisine de la élite. Nos sentamos a la mesa de cristal. La comida, sorprendentemente, era exquisita. El sabor era puro y complejo. Probé un bocado y quedé encantada.—Adrián, esto es... es realmente bueno —admití, tomando otro bocado. Mi
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