La tradición no nació de un plan. Nació de un domingo cualquiera. De un deseo de sol. De un intento de calmar la inquietud de una niña de dos años.
Y funcionó. Tan bien que se repitió. Y luego otra vez. Hasta convertirse en ley. En el eje sagrado de su semana.
Los domingos por la mañana tenían un ritmo especial en el apartamento. Más lento. Más dulce. Olivia preparaba pancakes con forma de animal. Emma ayudaba, embadurnando todo de harina y charlando sin parar sobre los pájaros que verían.
—¿Y