Una falsa calma se instaló sobre el imperio Vance.Para Charles, esos días fueron una sinfonía de afirmación. La junta directiva lo ratificó formalmente como Presidente y CEO. El voto no fue unánime, pero fue contundente. Al salir de la sala de juntas, los aplausos discretos sonaron como una coronación. Esa noche, en su mansión, brindó con Eleanor con un Château Margaux de una cosecha legendaria. Ella levantó su copa, pero sus ojos no brillaban. Charles no lo notó. Solo veía su propio reflejo, triunfante, en el cristal del vino.—Por fin —dijo, tomando un sorbo—. Todo está en su lugar.Eleanor asintió en silencio. Su mirada se perdió por la ventana, hacia la oscuridad del jardín donde, meses atrás, había advertido a Olivia. Ahora guardaba un secreto mayor. Sabía que la calma era un espejismo. Sentía la tormenta acercarse, como un cambio en la presión del aire.En su nueva oficina de vicepresidente, Sebastian también brindaba. Solo. Con una taza de café frío. En su pantalla, un organig
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