El lunes llegó con la furia controlada de una ciudad en plena semana de la moda. Milán bullía, y Olivia y Alexander se sumergieron en ella como dos soldados profesionales entrando en batalla.Las reuniones fueron, en una palabra, impecables.En la sala de conferencias del Palazzo Brignole, con su techo abovedado y sus frescos descoloridos, Olivia presentó los números finales. Su voz era clara, sus argumentos sólidos, su dominio del proyecto, absoluto. Los inversores italianos, hombres serios con trajes aún más serios, asentían, hacían preguntas agudas, y finalmente, sonreían.Alexander complementaba cada punto con precisión quirúrgica. Hablaba de flujos de caja, de retornos de inversión, de proyecciones a cinco años. Era el dúo perfecto. Ella, la visión y el corazón del proyecto. Él, el cerebro y el músculo financiero.Cuando firmaron el acuerdo preliminar justo antes del almuerzo, hubo apretones de manos, sonrisas genuinas, y la promesa tácita de una colaboración que valdría millones
Leer más