CAPÍTULO 85Margaret no quería mirar atrás… pero lo hizo. Por un segundo, apenas un parpadeo, alcanzó a ver por el retrovisor cómo Lucien quedaba de pie en medio del estacionamiento, inmóvil, en el fondo sentía que el corazón se le apretaba al verlo, pues él, parecía más una sombra rota que un hombre. Aun así, ella apartó la mirada de inmediato, tragándose un nudo que le subió desde el pecho hasta la garganta como una espina que no sabía cómo arrancarse.Adrien, en cambio, iba conduciendo con una sonrisa apenas contenida, satisfecho de ser él quien la acompañaba en ese momento donde todo su mundo parecía colapsar. Ajustó el retrovisor, revisó de reojo que la bebé siguiera dormida en su silla y luego habló con un tono ligero, casi casual, como si la tensión que cargaban sobre los hombros no existiera.—Podemos ir a mi departamento —dijo, relajado—. Está cerca, es amplio, seguro… y ustedes dos pueden quedarse el tiempo que necesiten, por lo menos hasta que te recuperes.Margaret dejó es
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