—Quiero que me lo expliques ahora mismo, Lucien —exigió Margaret en cuanto el silencio se volvió insoportable. Su voz se mantenía firme, pero sus dedos temblaban mientras abrazaba a su bebé—. ¿Por qué pediste el traslado de Lorain?
Lucien tragó aire, aún aturdido por lo que acababan de ver en televisión.
—Margaret… yo también estoy sorprendido —dijo, esforzándose por mantener la compostura—. Sí, gestioné un cambio de cárcel, pero lo hice porque estaba recibiendo amenazas, agresiones, intentos de ahogarla en la ducha… —pasó una mano por su rostro, exhausto—. Quería protegerla dentro del penal, nada más. No tenía idea de que habría un atentado.
Margaret apoyó a la bebé con cuidado sobre la camilla, respiró hondo, como si necesitara anclar sus emociones antes de romperse, y luego lo enfrentó de lleno, herida hasta los huesos.
—Entonces sí la seguiste favoreciendo —murmuró con decepción y desdén—. Siempre a mis espaldas. Incluso después de todo lo que ella hizo.
—No fue favorecerla —repli