Durante los días siguientes, Margaret se esforzó por mantener la misma actitud que había mostrado desde que comenzó a fingir que aceptaba su situación. No discutía, no hacía preguntas incómodas y siempre respondía a Adrien con calma. Aquello, poco a poco, había dado resultado.Ahora ya no comía sola. Adrien había empezado a invitarla a desayunar en la cubierta, algo que para Margaret significaba mucho más que una simple comida al aire libre. Era la oportunidad de observar, de memorizar, de calcular.Aquella mañana, el mar estaba tranquilo. El cielo despejado y el aire frío le rozaba el rostro mientras se sentaba frente a Adrien en la pequeña mesa metálica. Él ya estaba allí, sirviéndose café, como si llevaran años compartiendo esa rutina.Margaret tomó su taza y fingió normalidad, aunque por dentro no dejaba de analizar cada rincón del yate. Durante los últimos días había logrado recorrer más espacios: los pasillos cercanos a los camarotes, parte de la cubierta trasera y, lo más impor
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