El silencio de la Unidad de Cuidados Intensivos no era de paz, era más bien una jaula a la que un cuerpo se encontraba encadenado. Para Lyon Valter, sumido en la oscuridad inducida por los fármacos, el tiempo no avanzaba en horas, sino en fragmentos de memoria y punzadas de una consciencia que se negaba a apagarse del todo. A pesar de estar sedado, su mente permanecía alerta, atrapada bajo la bóveda de su propio cráneo, allí donde una sombra irregular y hambrienta había decidido echar raíces.Él lo sabía. Los médicos podían hablar de biopsias, de márgenes quirúrgicos y de protocolos de recuperación, pero Lyon conocía su cuerpo como un soldado conoce su arma. Aquella presión en la fosa posterior, aquel vértigo que le robaba el suelo antes de la operación, no eran advertencias pasajeras. Intuyó, con la fría certeza de quien ha mirado a la muerte a los ojos en mil batallas, que el tumor era maligno. Era una sentencia dictada desde dentro, una traición de su propia biología golpeada por su
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