El Mercedes negro se detuvo frente a la elegante fachada de ladrillo en West Village. Al bajar del auto, Valeria no sintió el peso opresivo de la mansión principal de Manhattan, sino un eco de algo que creía muerto: la paz. Esta residencia no era un monumento al ego de Leonid Volkov; era su escondite, el lugar donde él se despojaba de la armadura del "Zar" para intentar, aunque fuera por un fin de semana, ser simplemente un hombre.Valeria recorrió con la mirada la entrada de hierro forjado. Los recuerdos la asaltaron de inmediato: las risas en la cocina mientras intentaban cocinar algo juntos, las lecturas compartidas frente a la chimenea y aquel corto periodo, después de casados, donde ella llegó a creer que el amor podía sobrevivir a los tortuosos recuerdos del pasado de su marido.La mudanza fue tensa por la urgencia, pero extrañamente silenciosa. Leónid, apoyado en su bastón, le entregó las llaves de la habitación del segundo piso.—Es la misma, Valeria —dijo él, evitando su mira
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