El trayecto desde la Agencia hasta la mansión Moretti fue un descenso al corazón de las tinieblas. Nueva York no les dio la bienvenida; las calles parecían estrecharse y el aire se sentía viciado, cargado con la promesa de una tormenta que no solo traería nieve, sino sangre. Isabella apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, mientras el silencio de Alessa, Charly y Giorgio en el asiento trasero pesaba más que cualquier grito.Al cruzar la imponente verja de hierro de la mansión, el mundo de Isabella se detuvo. El jardín principal, usualmente impecable, estaba invadido por hombres armados hasta los dientes, soldados de su padre con rostros de piedra. En el centro de la explanada, bañado por la luz fría de los focos, un grupo de hombres cortaban el paso.Giuseppe Moretti estaba allí, junto a Sofía. Su padre lucía como un dios antiguo de la guerra, implacable y gélido. En cuanto el auto se detuvo, Isabella bajó de un salto, pero antes de que pudiera articular
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