EPÍLOGO — Un año después Un año había pasado. Desde aquella madrugada en la que el quirófano se llenó de llantos pequeños y tres nuevas vidas llegaron al mundo al mismo tiempo. Un año desde que Sandra, Víctor y Samantha cambiaron para siempre la vida de todos. La casa Montaldo estaba llena de globos, risas y música. Victoria había insistido en hacer el cumpleaños allí. Decía que aquella casa había visto demasiadas historias, demasiadas lágrimas y demasiadas batallas como para no celebrar también los momentos felices. En el jardín habían armado mesas largas, guirnaldas de colores y una enorme torta decorada con tres pequeñas velitas. Sandra ya caminaba. Lo hacía con esa tranquilidad que parecía acompañarla desde el primer día. Observaba todo con ojos curiosos y avanzaba con pasos pequeños, seguros, como si pensara cada movimiento. Samantha, en cambio, era otra historia. Un torbellino. Corría de un lado a otro del jardín, riéndose, cayéndose, levantándose otra vez y escapando
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