CAPÍTULO 94 — Cuando el tiempo ya no quiere esperar Los meses habían pasado más rápido de lo que todos imaginaban. El embarazo de Victoria ya estaba llegando al final. Samuel no se separaba de ella. No había momento del día en que no estuviera pendiente: si había comido, si estaba cansada, si los bebés se movían demasiado o demasiado poco. La mimaba como si el mundo dependiera de eso. Y quizás, en cierto modo, dependía. Victoria ya caminaba lento. La panza redonda parecía ocupar toda la habitación y, aun así, seguía riéndose de sí misma. —Tres bebés… —decía a veces—. Si salimos vivos de esto, merecemos un premio. Samuel respondía besándole la frente. —El premio ya viene en camino. La casa se había transformado. Habían pintado el cuarto de los bebés con tonos suaves. Tres cunas iguales ocupaban una pared entera. —Dicen que los primeros meses duermen mejor juntos —había explicado Victoria—. Estuvieron nueve meses en la misma panza… no queremos separarlos de golpe. Samuel ase
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