CAPÍTULO 84— Mientras intentaba volver a casa Samuel manejaba su vida como podía últimamente. No como quería. vivía el día a día como podía. Las últimas semanas habían sido una carrera constante entre hospitales, oficinas, reuniones urgentes, firmas que nunca terminaban y empleados que necesitaban respuestas inmediatas, y aun así, en medio de todo ese desorden, había algo que le sostenía el pecho como un faro: su padre Manuel estaba vivo, estaba en su casa, respiraba sin máquinas y estaba cada día mejor. Eso era un milagro. Uno que Samuel no pensaba desperdiciar. Había pasado la mañana con él, escuchándolo renegar por la sopa sin sal, verlo caminar lento pero terco por el jardín, escucharlo repetir que apenas se sintiera firme iba a acompañarlo al hotel, que no vendía el hotel porque Samuel tenía razón, los empleados no tenían la culpa de qué Héctor Castro fuera una porquería con su familia, por eso no se rendía, que todavía tenían que demostrar que podían hacer las cosas bien.
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