Las grandes puertas negras de la mansión se abrieron con lentitud, imponentes, como si reconocieran a quienes regresaban tras haberle arrancado a la muerte lo que más amaban, como enterados de que regresaban sus legitimos dueños. El vehículo avanzó por el camino de piedra hasta detenerse frente a la entrada principal.Don Mario fue el primero en bajar, su chofer de años, siempre serio y con el golpe en su cabeza, vendado y con el corazón en la mano, no pudo ocultar la emoción al verlos.—Gracias a Dios… — Murmuró, llevándose una mano al pecho— Bienvenidos a casa, señor, señora y señorito— Darío asintió con un gesto breve, pero sincero y tambien agradeciendo, Don Mario era importante para él, desde pequeño ha sido su chofer, los años delataban su edad.Korina descendió con cuidado, aún cansada, sosteniendo a Lían, que seguía medio dormido, abrazado al cuello de su padre.No pasaron ni unos minutos cuando el sonido apresurado de ruedas sobre el mármol rompió el silencio del vestíbulo —
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