Aventuras. 1
El aire dentro de la casita del árbol se volvió denso, cargado de deseo y vulnerabilidad, Aileen lo miró a los ojos, esos ojos de lobo que brillaban con un fulgor dorado, y supo que ya no había marcha atrás. Leo, aún en su forma licántropa, la sostuvo con firmeza y cuidado, levantándola con la facilidad con que un depredador alza a su presa, aunque en sus movimientos había una ternura que derrumbaba cualquier miedo.La acomodó a la altura de sus caderas, y con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de su cuerpo transformado, la bajó poco a poco hacia su intimidad, Aileen se aferró a sus hombros peludos, jadeando suave al sentirlo, sus uñas rozando la piel bajo el pelaje. Él se detuvo, controlándose como si cada fibra de su ser luchara contra el instinto, esperando a que ella se acostumbrara a su tamaño.— Tranquila, ratita... — susurró con su voz grave, ronca, entre humana y animal — No voy a hacerte daño. — ella escondió el rostro en su cuello, buscando refugio en su calor,
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