El bombardeo orbital duró exactamente cuatro segundos.
Cuatro segundos que convirtieron el cráter de Mongolia en un sol artificial, en una onda expansiva que barrió kilómetros de estepa con la indiferencia de quien aplasta un insecto. Los sensores de los noventa y siete voluntarios dejaron de transmitir uno por uno, como velas apagadas por un soplo divino.
Tamara sintió cada extinción a través del vínculo.
No era dolor físico. Era peor. Era la sensación de estar parada en un campo de flores mien