La noche era más fría de lo que cualquier cachorro de cuatro años debería soportar, pero Kash, Klarissa y Christian Volkov no eran cachorros comunes y esa noche, mientras su madre dormía inquieta en la casa de la manada,, los tres pequeños habían escapado. Todo había empezado con Klarissa. Ella era la única que había heredado un eco del poder de su madre, no el control del tiempo, sino una afinidad extraña con las piedras, los cuarzos y los cristales, solo que los cachorros no tenían ni idea de sus poderes sellados, sin embargo, Klarissa era guiada por su instinto, a veces copiaba lo que veía de Gala, recogía piedrecitas brillantes en el bosque, las alineaba bajo la luna y susurraba cosas que ni Kash, ni Christian entendían. Esa noche, después de que su madre se quedara dormida, Klarissa había esperado pacientemente a que la casa quedara en silencio. Entonces utilizó sus cuarzos como si alguien la instruyera y recitó un hechizo para que la guiaran hasta su padre. Los cuarzos habían
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